Historias graciosas anécdotas
Nasreddín, Pedro Urdemales, anécdotas reales y cuentos populares con final inesperado.
Un honor para el príncipe
A fines de la década de 1890, Mark Twain dio una charla en el Savage Club de Londres y lo nombraron miembro honorario. Le explicaron, muy solemnes, que solo tres hombres habían recibido ese honor, entre ellos el príncipe de Gales. Twain respondió:
El citarista desafinado
En los baños, Diógenes siempre saludaba con respeto a un músico que tocaba tan mal que todos lo despreciaban: «¡Dios te guarde, gallo!». Un día el músico le preguntó por qué lo llamaba así.
¡Eureka!
El rey Hierón le pidió a Arquímedes averiguar si su nueva corona era de oro puro o si el orfebre lo había engañado mezclándolo con otro metal, sin dañar la corona. Mientras se bañaba, Arquímedes notó que el agua subía cuando él entraba en la bañera, y comprendió que así podía medir el volumen de la corona.
La tinaja de Diógenes
Cuando Filipo anunció que iba a atacar Corinto, todo el mundo corría de un lado a otro, preparándose. Diógenes, en cambio, se puso a empujar y hacer rodar la tinaja donde vivía. Le preguntaron por qué lo hacía.
Churchill y el honor
Se le atribuye a Churchill esta respuesta en una discusión con Charles de Gaulle. El francés le reprochó: «Ustedes, los ingleses, solo pelean por dinero; nosotros, los franceses, luchamos por el honor y la dignidad».
El hombre de Platón
Platón había definido al ser humano como «un bípedo implume», es decir, un animal de dos patas y sin plumas, y lo habían elogiado mucho por ello. Diógenes desplumó un gallo, lo soltó en la Academia y gritó: «¡Aquí les traigo un hombre!».
Twain y el cometa Halley
Mark Twain nació en 1835, poco después de que pasara el cometa Halley. En 1909 escribió: «Llegué con el cometa Halley y vuelve el año que viene; espero irme con él. Sería una gran decepción si no fuera así. Sin duda el Todopoderoso ha dicho: “Aquí están estos dos bichos raros e inexplicables; llegaron juntos, tienen que irse juntos”».
¿Cuándo llegaste del cielo?
Un ateniense hablaba con mucha autoridad sobre los meteoros y los fenómenos del cielo. Diógenes lo interrumpió:
Tu cerebro y mi belleza
Cuenta una anécdota famosa (probablemente apócrifa, según los periódicos que la investigaron) que una mujer bellísima le propuso a George Bernard Shaw: «Deberíamos tener un hijo. ¡Imagínese: con su cerebro y mi belleza!». Shaw contestó:
Entrar cuando todos salen
Diógenes tenía la costumbre de entrar al teatro justo cuando todos salían, chocando con la multitud. Le preguntaron por qué.
Gauss y la suma imposible
Cuando Carl Friedrich Gauss tenía unos nueve años, su maestro mandó a la clase sumar todos los números del 1 al 100, solo para tener a los niños ocupados un buen rato. Al poco tiempo, el pequeño Gauss ya tenía la respuesta: 5050. En lugar de sumar uno por uno, se había dado cuenta de que 1 + 100, 2 + 99, 3 + 98... siempre dan 101.
Busco un hombre
Diógenes apareció un día en pleno mediodía, en medio de la ciudad, con una lámpara encendida. Cuando le preguntaron qué hacía, respondió:
Groucho juega al tenis
En 1937 se organizó un partido de dobles de tenis con famosos: Groucho Marx contra Charlie Chaplin, que se tomaba el tenis muy en serio. Groucho llegó a la cancha con doce raquetas y una maleta. Chaplin, desconcertado, le preguntó qué llevaba en la maleta. Groucho le preguntó qué llevaba él en la suya, y Chaplin contestó que no traía ninguna. «¿Y qué clase de tenista es usted?», le dijo Groucho.
Lady Astor y el té de Churchill
Se cuenta que, durante una discusión, la diputada Nancy Astor le dijo a Winston Churchill: «Si usted fuera mi marido, le pondría veneno en el té». (La anécdota es famosa, aunque no está bien documentada). Churchill respondió:
Diógenes y Alejandro Magno
Alejandro Magno fue a conocer a Diógenes, que estaba tomando el sol a las afueras de Corinto. «Soy Alejandro», le dijo el rey. «Y yo, Diógenes, el perro». Alejandro, impresionado, le ofreció: «Pídeme lo que quieras». Diógenes, sin inmutarse, le contestó: