Historias graciosas
Nasreddín, Pedro Urdemales, anécdotas reales y cuentos populares con final inesperado.
El atraco en el parque
Un anciano hace ejercicio en el parque y se le acerca un joven: «Disculpe, señor, ¿no ha visto a un par de policías por aquí?». «Pues no, ¿por qué?».
En bicicleta
Los Reyes Magos le trajeron una bicicleta a Jaimito. «¡Mira, mamá, con una mano!», gritó al rato. «¡Mira, mamá, sin manos!», gritó después. Y un poco más tarde:
La herencia del cartero
—Cuando mi padre murió, a mi hermano mayor le dejó las afueras del pueblo, a mi hermano menor la parte norte y a mí todo el centro del pueblo. —No sabía que tu padre fuera rico.
El perro talentoso
—Mi perro es extraordinario: cuando quiere, baila; cuando quiere, me trae las pantuflas; cuando quiere, canta como Sinatra. —¿En serio?
El récord del rompecabezas
—Vengo a inscribirme en el libro de los récords. —¿Qué ha hecho usted? —Armé este rompecabezas en solo un año. —¿Y cuál es la dificultad?
Los ladrones gatos
Tres ladrones entran a un banco por el ducto del aire acondicionado. El primero resbala y hace ruido. «¿Quién anda ahí?», pregunta el guardia. «¡Miauuu!». El guardia sigue su ronda. El segundo resbala. «¿Quién anda ahí?». «¡Miauuu!». El tercero también resbala. «¿Quién anda ahí?».
El burro frente a la iglesia
Un burro murió frente a una iglesia y una semana después seguía ahí. El cura llamó al jefe de policía, que era su adversario político. «Pero, padre, ¿no es usted el encargado de ocuparse de los muertos?».
Cuando llore
Gracias a un tratamiento de fertilidad, una mujer de 65 años tuvo un bebé. Los familiares fueron a visitarla: «¿Podemos ver al bebé?». «Todavía no». Media hora después: «¿Y ahora?». «Todavía no». Ya impacientes: «¿Pero cuándo vamos a verlo?». «Cuando llore». «¿Y por qué tenemos que esperar a que llore?».
Un honor para el príncipe
A fines de la década de 1890, Mark Twain dio una charla en el Savage Club de Londres y lo nombraron miembro honorario. Le explicaron, muy solemnes, que solo tres hombres habían recibido ese honor, entre ellos el príncipe de Gales. Twain respondió:
El citarista desafinado
En los baños, Diógenes siempre saludaba con respeto a un músico que tocaba tan mal que todos lo despreciaban: «¡Dios te guarde, gallo!». Un día el músico le preguntó por qué lo llamaba así.
Los gansos del puentecito
Un vendedor llevaba miles de gansos a la fiesta del rey. En el camino encontró un río muy crecido con un puentecito tan angosto que solo cabía un ganso a la vez. Los puso en fila, uno detrás de otro, y la fila ocupaba muchas leguas. Pasó un ganso... después otro... después otro...
El pez condenado
Un vecino de Chelm compró un pez vivo el viernes para cocinarlo el sábado y lo llevaba debajo del abrigo. El pez se agitó y le dio un coletazo en la cara. El hombre fue a quejarse ante el tribunal del pueblo, y los sabios jueces deliberaron con toda seriedad.
El sacristán que dio los avisos
Un domingo el cura amaneció enfermo y le encargó al sacristán dar los avisos: que no habría misa pero que rezaran el rosario; que el jueves era vigilia porque el viernes era San Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez se iban a casar, y si alguien sabía de algún impedimento, que avisara. Nervioso ante tanta gente, el sacristán anunció:
El lado derecho
Un huésped dormía en casa de Nasrudín cuando se apagó la vela. «Mulá, tienes una vela a tu derecha; pásamela y la encendemos».
Ojalá encuentre algo
Una noche la esposa de Nasrudín le susurró: «¡Mulá, hay un ladrón en la casa!».
Come, abrigo mío
Nasrudín fue a una boda con su ropa vieja y nadie le hizo caso. Volvió a su casa, se puso su mejor abrigo de piel y regresó. Esta vez el anfitrión lo recibió con honores, lo sentó a la cabecera y le dijo: «Coma usted, señor». Nasrudín tomó la manga de su abrigo, la acercó a la comida y dijo: «Come, abrigo mío». El anfitrión, asombrado, le preguntó qué hacía.
Ver en la oscuridad
En la casa de té, Nasrudín presumía: «Yo puedo ver en la oscuridad». Alguien le preguntó: «Si es así, ¿por qué algunas noches te vemos caminando por las calles con una lámpara?».
El anillo perdido
Nasrudín perdió su anillo en la sala de su casa. Lo buscó un rato, no lo encontró y salió a buscarlo al patio. Su esposa le preguntó: «Si perdiste el anillo en la sala, ¿por qué lo buscas en el patio?». Nasrudín se acarició la barba y contestó:
Por la tarde no trabajan
Un hombre llega a la puerta del ayuntamiento y le pregunta al guardia: «Perdone, ¿por la tarde no trabajan?».
El viaje por Italia
—¿Qué tal tu viaje por Italia? —Muy bien: estuve en Roma, en Milán y en Temeo. —¿Temeo? Nunca había oído hablar de esa ciudad. —Es grandísima y muy famosa. —¿Seguro que se llama Temeo?
El alpinista que cayó
Dos alpinistas escalan una pared muy empinada y uno se suelta de la cuerda. «¡Juan! ¿Estás bien?». «Sí...». «¿Te hiciste daño?». «No...». «Voy a bajar a ayudarte. ¿Cuántos metros estás por debajo de mí?».
Tarzán y el ratón
Va Tarzán por la selva y se encuentra con un ratoncito. «Tan chiquito y con bigotes...», le dice. El ratón lo mira de arriba abajo y le responde:
El elefante del ascensor
Un elefante trabajaba de ascensorista. Entró un ratoncito apurado y el elefante le preguntó: «¿Qué piso?».
¿Qué quiere?
Un señor entra a un bar. El mesero le pregunta: «¿Qué quiere?». «¿Que qué quiero? Una casa más grande, más dinero...». «No, hombre, ¿qué desea?». «¿Que qué deseo? Una mansión, ser millonario...». «¡No, hombre! ¿Qué va a ser?». «¿Que qué va a ser? Yo prefiero que sea niña, pero si es niño no me importa». «¡No, hombre! ¿Qué va a tomar?». «¡Ah, eso se dice antes! ¿Qué hay?».