Historias graciosas
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La esquina doblada marca lo que aún no leísteEl paciente nerviosoUn camillero lleva a un paciente al quirófano y nota que tiembla muchísimo. «¿Por qué está tan nervioso?». «Es que oí a la enfermera decir que la operación de apendicitis es muy sencilla, que no había por qué estar nervioso y que todo iba a salir bien». «Claro, se lo dijo para tranquilizarlo».Twain y el cometa HalleyMark Twain nació en 1835, poco después de que pasara el cometa Halley. En 1909 escribió: «Llegué con el cometa Halley y vuelve el año que viene; espero irme con él. Sería una gran decepción si no fuera así. Sin duda el Todopoderoso ha dicho: “Aquí están estos dos bichos raros e inexplicables; llegaron juntos, tienen que irse juntos”».¿Cuándo llegaste del cielo?Un ateniense hablaba con mucha autoridad sobre los meteoros y los fenómenos del cielo. Diógenes lo interrumpió:El rey que tenía dos hijosEste era un rey que tenía dos hijos: uno era más grande y otro más chico; uno se llamaba Pancho y otro Francisco. Cuando el rey se levantaba, se levantaba con sus dos hijos: uno era más grande y otro más chico; uno se llamaba Pancho y otro Francisco. Cuando el rey almorzaba, almorzaba con sus dos hijos: uno era más grande y otro más chico...Las piedras de ChelmLos de Chelm decidieron construir una sinagoga y mandaron a unos hombres fuertes a la montaña a buscar piedras. Los hombres bajaron sudando con las piedras al hombro. Al verlos, el guardia del pueblo gritó: «¡Tontos! ¡Debieron hacerlas rodar montaña abajo!». A los hombres les pareció una idea excelente.Las tres mentirasUn campesino dejó trescientos pesos a sus tres hijos. Los dos mayores, ambiciosos, propusieron enterrar el dinero, irse un año y dárselo al que, al volver, contara la mentira más grande. El mayor contó que había plantado una mata de garbanzos que creció hasta el cielo. El segundo, que había torcido un hilo tan largo que llegaba al cielo. El menor contó que una noche quiso fumar, no tenía fósforos, vio una luz en la Luna y subió a encender su cigarro. «¿Y por dónde subiste?». «Por el hilo que tú torciste».El pescadorNasrudín salió a pescar con unos hombres. Ellos echaron la red al mar... y Nasrudín se tiró dentro de la red. «Mulá, ¿qué haces?».¿Ya estoy lo bastante lejos?Una noche la esposa de Nasrudín le dijo: «Hazte un poco más allá». Nasrudín se levantó, tomó sus zapatos y se puso a caminar. Caminó durante dos días seguidos. Al final se encontró con un hombre y le pidió:La sopa de la sopa de la liebreUn campesino le regaló una liebre a Nasrudín, que lo invitó a comer un buen caldo. A la semana volvió el hombre: «Soy el que te trajo la liebre», y Nasrudín lo volvió a convidar. Días después llegaron otros: «Somos los vecinos del que te trajo la liebre». Más tarde apareció un grupo todavía más grande: «Somos los vecinos de los vecinos del que te trajo la liebre». Nasrudín les dio la bienvenida y les sirvió una jarra de agua clara. «¿Y esto qué es?».El viento del huertoNasrudín entró en un huerto ajeno, arrancó zanahorias y nabos y los fue metiendo en un saco. De pronto llegó el hortelano: «¿Qué haces aquí?». «Un viento muy fuerte me trajo volando». «¿Y quién arrancó las verduras?». «El viento me zarandeaba y yo me agarraba a lo que podía; por eso se me quedaron en las manos». «¿Y quién las metió en el saco?».La palabra de un burroUn vecino le pidió prestado su burro a Nasrudín. «Lo siento, ya lo presté», respondió él. Justo en ese momento se oyó rebuznar al burro dentro del establo. «¡Pero, Mulá, si lo estoy oyendo ahí adentro!». Nasrudín le cerró la puerta en la cara y dijo con dignidad:El último deseoLa noche antes de la ejecución, el director de la cárcel visita al condenado: «Ya sabes que tienes derecho a un último deseo. ¿Quieres un trago?». «No, gracias». «¿Un cigarrillo?». «Tampoco». «Entonces, dime, ¿qué deseas?».Como pez en el aguaDos amigos hablan de sus hijos: —El mío, en su nuevo trabajo, está como pez en el agua. —¿Ah, sí? ¿Y qué hace?Las pastillas de la felicidadUn vendedor ambulante pregona: «¡Pastillas de la felicidad! ¡Vendo pastillas de la felicidad!». Un hombre compra unas, se las toma y al rato vuelve furioso: «¡Oiga, pero si son aspirinas!».David y GoliatLa maestra pregunta: «Jaimito, ¿con qué mató David a Goliat?». «Con una moto, señorita». «¿Cómo que con una moto? ¡Fue con una honda!».Las manzanas burlonasEn un árbol hay muchas manzanas. De pronto una se cae y todas las de arriba se ríen de ella. La manzana caída les responde:El burro y el ingenieroUn ingeniero dirigía la construcción de una carretera y un campesino del pueblo vecino miraba la obra todos los días. «¿Cómo hacen las carreteras en su pueblo?», le preguntó el ingeniero. «Soltamos un burro viejo; el animal siempre elige el camino más corto y seguro, y por ahí hacemos la carretera». «¿Y si no tienen un burro?».El aviso fúnebreAl morir su suegra, un hombre va al periódico a publicar un aviso. «Son 10 por palabra, con un mínimo de cinco palabras», le dicen. «Pues quiero poner: “Murió Josefina”». «Le repito: el mínimo son cinco palabras». El hombre se va, piensa un rato y vuelve: «Ya sé qué poner: “Murió Josefina”...». «¿Y las otras tres palabras?».La edad del dinosaurioEn el museo, un visitante pregunta al guía: «¿Cuántos años tiene este dinosaurio?». «Setenta millones y treinta y siete años». «¡Qué precisión! ¿Cómo lo calculan?».Tu cerebro y mi bellezaCuenta una anécdota famosa (probablemente apócrifa, según los periódicos que la investigaron) que una mujer bellísima le propuso a George Bernard Shaw: «Deberíamos tener un hijo. ¡Imagínese: con su cerebro y mi belleza!». Shaw contestó:Entrar cuando todos salenDiógenes tenía la costumbre de entrar al teatro justo cuando todos salían, chocando con la multitud. Le preguntaron por qué.El rey y las hormigasUn rey muy aficionado a los cuentos ofreció una gran recompensa a quien le contara uno que no se acabara nunca. Un forastero empezó: «En mi país, el rey llenó sus graneros de trigo. Llegó una plaga de hormigas, que abrieron un agujerito por el que cabía un solo grano. Entró una hormiga y se llevó un grano». «¿Y qué más?», preguntó el rey. «Entró otra hormiga y se llevó otro grano». «¿Y qué más?». «Entró otra hormiga y se llevó otro grano...». Así estuvo durante meses, con toda calma.Lo que hacía mi padreHérshel de Ostropol llegó a una posada con aspecto de no tener un centavo. La posadera le dijo que la cocina estaba cerrada. «Entonces tendré que hacer lo que hacía mi padre», dijo Hérshel. Ella, asustada, preguntó qué hacía su padre. «Mi padre hacía lo que tenía que hacer». Imaginando algo terrible, la mujer le sirvió una comida completa. Cuando terminó de comer, ella se atrevió por fin a preguntarle qué era lo que hacía su padre.El capón de una sola pataUn caballero le encargó a su cocinera, Chepa, un capón asado. El olor era tan rico que Chepa no resistió y se comió una pata. Al servirlo, el patrón preguntó: «¿Desde cuándo los capones tienen una sola pata?». «Desde siempre, señor. Venga al gallinero y lo verá». Era de noche y las gallinas dormían, todas paradas en una sola pata. «¿Lo ve, patrón?». El caballero espantó a las aves, que salieron corriendo en dos patas: «¿Ves cómo tienen dos?».El buey velozEl gobernador invitó a Nasrudín a un torneo a caballo. Nasrudín llegó montado en un viejo buey y todos se echaron a reír. «Mulá, ¿por qué vienes en ese buey, si no puede correr?».La mudanzaUna noche un ladrón entró en casa de Nasrudín, cargó con todo lo que había y se fue. Nasrudín lo siguió en silencio hasta la casa del ladrón y, cuando este iba a cerrar la puerta, se metió detrás de él. «¿Qué quieres, Mulá?», preguntó el ladrón.La olla que dio a luzNasrudín pidió prestado un caldero a su vecino y se lo devolvió con una ollita adentro. «¿Y esto?». «El caldero tuvo un hijo», dijo Nasrudín, y el vecino, encantado, se quedó con la ollita. Tiempo después, Nasrudín volvió a pedir el caldero y no lo devolvió. El vecino fue a reclamarlo. «Lo siento mucho», dijo Nasrudín, «el caldero se murió». «¿Cómo va a morirse un caldero?».Migas contra los tigresUn vecino encontró a Nasrudín esparciendo migas por toda su casa. «¿Por qué haces eso?». «Para mantener alejados a los tigres». «Pero si por aquí no hay tigres», dijo el vecino.El pésame a la viudaCuando Nasrudín quiso casarse, pensó en una joven que conocía, pero ella prefirió a otro hombre. Años después, el marido murió de una enfermedad. Nasrudín fue a darle el pésame a la viuda y le dijo:La reservación—Hola, quisiera reservar una mesa para cenar mañana. —¿Cuántos serán? —Unos seis o diez, más o menos. —Necesito saber cuántos confirmados.El dentista rápido—Tengo que sacarle la muela, pero no se preocupe, solo tomará unos cinco minutos. —¿Y cuánto me costará? —Noventa. —¡Noventa por cinco minutos de trabajo!Recuerdos de CarlosDos amigos se encuentran. —¡Recuerdos de Carlos! —Gracias. —¡Recuerdos de Carlos! —Gracias... —¡Recuerdos de Carlos! —Gracias... —¡Recuerdos de Carlos! —Ya, ¿no?El pato y el cerdoUn hombre va por la calle con un pato bajo el brazo. Se cruza con un amigo que le pregunta: «¿Qué haces con ese cerdo?». «¿Estás ciego? ¿No ves que es un pato?».Los mosquitos con linternaUn niño no podía dormir: «¡Papá, los mosquitos me están picando!». «Apaga la luz y duérmete», le dijo su papá. Al rato entró una luciérnaga por la ventana y el niño gritó:El loro que avisabaUn ladrón entra de noche en una casa y oye una voz en la oscuridad: «Jesús te está mirando». Se queda paralizado del miedo. Al rato sigue robando y vuelve a oír: «Jesús te está mirando». Alumbra con la linterna y ve a un loro. «¿Fuiste tú?». «Sí, solo quiero avisarte». «¿Y cómo te llamas?». «Moisés». «¿Qué clase de persona le pone Moisés a un loro?».La camisa roja del capitánEl capitán Bravo era famoso por su valentía. Un día apareció un barco pirata y él gritó: «¡Tráiganme mi camisa roja!». Se la puso, guio a sus hombres y ganaron. Días después aparecieron dos barcos piratas; otra vez pidió la camisa roja y otra vez vencieron. Esa noche le preguntaron por qué la camisa roja. «Si me hieren, la camisa roja no deja ver mi sangre, y mis hombres siguen peleando sin miedo». Todos quedaron admirados. Al amanecer, el vigía avistó diez barcos piratas. Toda la tripulación miró al capitán, que gritó con voz firme:Cuidado con el loroUn cartero entra a una casa y ve un cartel: «Cuidado con el loro». Se ríe y sigue. Más adelante, otro cartel: «No moleste al loro». Y luego: «Loro peligroso». Al final encuentra una jaula con un lorito pequeño y viejo. El cartero, burlón, toca la jaula para saludarlo. El loro mira hacia abajo y le dice a su perro:Gauss y la suma imposibleCuando Carl Friedrich Gauss tenía unos nueve años, su maestro mandó a la clase sumar todos los números del 1 al 100, solo para tener a los niños ocupados un buen rato. Al poco tiempo, el pequeño Gauss ya tenía la respuesta: 5050. En lugar de sumar uno por uno, se había dado cuenta de que 1 + 100, 2 + 99, 3 + 98... siempre dan 101.Busco un hombreDiógenes apareció un día en pleno mediodía, en medio de la ciudad, con una lámpara encendida. Cuando le preguntaron qué hacía, respondió:El cuento del gallo peladoEs un cuento de broma para engañar a quien pide un cuento. Le preguntas: «¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelado?». Cuando te contesta que sí, le dices:El rey y el tabardíeUn pícaro limó cien monedas de oro, hizo con ellas cien bolitas y se las vendió a un boticario diciendo que se llamaban «tabardíe» y que sin ellas no se podía hacer oro. Luego le hizo creer al rey, aficionado a la alquimia, que sabía fabricar oro. El rey compró el tabardíe al boticario, el pícaro lo fundió... y salió oro. Entusiasmado, el rey le dio una fortuna para que fuera a buscar más tabardíe a su tierra. El pícaro nunca volvió. Tiempo después, unos hombres hicieron una lista en broma y pusieron al rey entre los tontos. «¿Y si el hombre vuelve?», les preguntó el rey.El calendario de piedrasPara no perder la cuenta de los días del mes de ayuno, Nasrudín echaba una piedra cada día en una olla. Sin que él lo supiera, su hija echó un puñado de piedras dentro. Cuando le preguntaron qué día del mes era, Nasrudín fue a contar las piedras: ¡había ciento veinte! Para no parecer tonto, salió y dijo: «Hoy es el día cuarenta y cinco». «Pero, Mulá, el mes solo tiene treinta días».El turbante demasiado cortoNasrudín intentó enrollarse su turbante, pero la tela no le alcanzaba. Fastidiado, la llevó al mercado y la puso a subasta. Cuando alguien la compró, Nasrudín se le acercó en voz baja y le dijo:El juez y la oreja mordidaCuando Nasrudín fue juez, llegaron dos hombres. Uno decía: «Este me mordió la oreja». El otro: «Mentira, se la mordió él solo». Nasrudín pidió tiempo, se fue a un rincón y trató de morderse su propia oreja. No pudo, perdió el equilibrio, se cayó y se rompió la cabeza. Se vendó, volvió a su sitio y dictó sentencia:El negocio de los huevosNasrudín compraba huevos a nueve por moneda y luego los vendía a diez por moneda. Alguien le preguntó: «¿Por qué vendes diez por lo mismo que pagaste por nueve?».Un anillo para recordarteUn amigo le dijo a Nasrudín: «Dame un anillo, y cada vez que lo mire pensaré en ti». Nasrudín respondió:El carrete de fotosUn señor que nunca había tenido una cámara recibe una de regalo. Va a la tienda de fotografía y pide un rollo de película. El dependiente le pregunta: «¿Seis por nueve?».El pago en FerrariUn hombre va a un abogado: «Necesito que me defienda, pero no tengo ni un centavo». «¿Y entonces yo qué gano?». «Tengo un Ferrari nuevo; si gana el caso, es suyo». «Trato hecho. ¿De qué lo acusan?».El torero solitarioEn plena corrida, el torero grita: «¡Déjenme solo! ¡Déjenme solo!». «Pero, maestro, si está usted solo».El viaje soñadoDos alumnos llegan tarde. La maestra le pregunta al primero: «¿Por qué llegaste tarde?». «Soñé que viajaba por el mundo, conocí muchos países y me desperté tarde». «¿Y tú?», le pregunta al otro.El caracol atropelladoUn caracol fue atropellado por una tortuga. Despierta en el hospital de caracoles y su esposa le pregunta: «Cariño, ¿qué pasó?».La carrera de la selvaEn las olimpiadas de los animales, todos arrancan a correr, pero se van cansando uno a uno. Al final solo quedan la hormiga y el elefante peleando por el primer puesto, cuando de repente se oye un ¡PUM! El elefante pisó a la hormiga. Todos los animales gritan: «¡Asesino, asesino!». Y el elefante se defiende:La viejita y el timbreUna viejita intentaba tocar el timbre de una casa, pero no alcanzaba. Un señor se acercó muy amable: «Señora, ¿la ayudo?». «Sí, joven, ¿me toca el timbre, por favor?». El señor tocó el timbre. «Listo, señora. ¿Y ahora qué?».Groucho juega al tenisEn 1937 se organizó un partido de dobles de tenis con famosos: Groucho Marx contra Charlie Chaplin, que se tomaba el tenis muy en serio. Groucho llegó a la cancha con doce raquetas y una maleta. Chaplin, desconcertado, le preguntó qué llevaba en la maleta. Groucho le preguntó qué llevaba él en la suya, y Chaplin contestó que no traía ninguna. «¿Y qué clase de tenista es usted?», le dijo Groucho.Lady Astor y el té de ChurchillSe cuenta que, durante una discusión, la diputada Nancy Astor le dijo a Winston Churchill: «Si usted fuera mi marido, le pondría veneno en el té». (La anécdota es famosa, aunque no está bien documentada). Churchill respondió:Diógenes y Alejandro MagnoAlejandro Magno fue a conocer a Diógenes, que estaba tomando el sol a las afueras de Corinto. «Soy Alejandro», le dijo el rey. «Y yo, Diógenes, el perro». Alejandro, impresionado, le ofreció: «Pídeme lo que quieras». Diógenes, sin inmutarse, le contestó:El pan que cayó bienEn Chelm, una joven dejó caer al suelo una tostada con mantequilla y, para su asombro, cayó con la mantequilla hacia arriba, cuando todo el mundo sabe que siempre cae al revés. Convocaron a todos los sabios del pueblo, que pasaron tres días ayunando y debatiendo en la sinagoga. Al final volvieron con la respuesta:El padre, el hijo y el burroUn padre y su hijo iban al mercado a pie, llevando el burro sin carga. Unos hombres se burlaron: «¡Qué tontos, el burro descansado y ellos caminando!». Subió el hijo, y otros dijeron: «¡Qué vergüenza, el viejo a pie y el muchacho montado!». Bajó el hijo y subió el padre; otros criticaron: «¡Pobre muchacho, a pie, y el viejo cómodo!». Subieron los dos, y los siguientes protestaron: «¡Van a reventar a ese pobre burro!». Entonces el padre le dijo a su hijo:La ramaNasrudín estaba sentado en la rama de un árbol y la cortaba con un serrucho. Un hombre que pasaba le advirtió: «¡Cuidado, si cortas esa rama te vas a caer!». Nasrudín no le hizo caso, siguió cortando y, efectivamente, se cayó. Se levantó, corrió tras el hombre y lo agarró del cuello:El caballo zurdoNasrudín viajaba con una caravana y por la mañana no sabía cuál de los caballos era el suyo. Cuando todos se llevaron el suyo, reconoció por fin al suyo y se subió... mirando hacia la cola. «Mulá, ¡estás montado al revés!».Caldo de patoNasrudín vio unos patos nadando en una fuente y corrió a atraparlos, pero todos se fueron volando. Entonces se sentó al borde de la fuente, desmigó un pedazo de pan en el agua y se puso a comérselo. Alguien le preguntó qué comía.Gracias por el camelloUn día Nasrudín se subió al púlpito y dijo a los fieles: «Den gracias a Dios de que no les dio alas a los camellos».El contrabandistaNasrudín cruzaba la frontera todos los días con su burro cargado de paja. Los guardias lo registraban una y otra vez: removían la paja, la mojaban, a veces hasta la quemaban, y nunca encontraban nada. Años después, uno de los aduaneros se lo encontró y le dijo: «Ahora puedes decírmelo, Nasrudín: ¿qué contrabandeabas que nunca pudimos encontrar?».El atraco en el parqueUn anciano hace ejercicio en el parque y se le acerca un joven: «Disculpe, señor, ¿no ha visto a un par de policías por aquí?». «Pues no, ¿por qué?».En bicicletaLos Reyes Magos le trajeron una bicicleta a Jaimito. «¡Mira, mamá, con una mano!», gritó al rato. «¡Mira, mamá, sin manos!», gritó después. Y un poco más tarde:La herencia del cartero—Cuando mi padre murió, a mi hermano mayor le dejó las afueras del pueblo, a mi hermano menor la parte norte y a mí todo el centro del pueblo. —No sabía que tu padre fuera rico.El perro talentoso—Mi perro es extraordinario: cuando quiere, baila; cuando quiere, me trae las pantuflas; cuando quiere, canta como Sinatra. —¿En serio?El récord del rompecabezas—Vengo a inscribirme en el libro de los récords. —¿Qué ha hecho usted? —Armé este rompecabezas en solo un año. —¿Y cuál es la dificultad?Los ladrones gatosTres ladrones entran a un banco por el ducto del aire acondicionado. El primero resbala y hace ruido. «¿Quién anda ahí?», pregunta el guardia. «¡Miauuu!». El guardia sigue su ronda. El segundo resbala. «¿Quién anda ahí?». «¡Miauuu!». El tercero también resbala. «¿Quién anda ahí?».El burro frente a la iglesiaUn burro murió frente a una iglesia y una semana después seguía ahí. El cura llamó al jefe de policía, que era su adversario político. «Pero, padre, ¿no es usted el encargado de ocuparse de los muertos?».Cuando lloreGracias a un tratamiento de fertilidad, una mujer de 65 años tuvo un bebé. Los familiares fueron a visitarla: «¿Podemos ver al bebé?». «Todavía no». Media hora después: «¿Y ahora?». «Todavía no». Ya impacientes: «¿Pero cuándo vamos a verlo?». «Cuando llore». «¿Y por qué tenemos que esperar a que llore?».Un honor para el príncipeA fines de la década de 1890, Mark Twain dio una charla en el Savage Club de Londres y lo nombraron miembro honorario. Le explicaron, muy solemnes, que solo tres hombres habían recibido ese honor, entre ellos el príncipe de Gales. Twain respondió:El citarista desafinadoEn los baños, Diógenes siempre saludaba con respeto a un músico que tocaba tan mal que todos lo despreciaban: «¡Dios te guarde, gallo!». Un día el músico le preguntó por qué lo llamaba así.Los gansos del puentecitoUn vendedor llevaba miles de gansos a la fiesta del rey. En el camino encontró un río muy crecido con un puentecito tan angosto que solo cabía un ganso a la vez. Los puso en fila, uno detrás de otro, y la fila ocupaba muchas leguas. Pasó un ganso... después otro... después otro...El pez condenadoUn vecino de Chelm compró un pez vivo el viernes para cocinarlo el sábado y lo llevaba debajo del abrigo. El pez se agitó y le dio un coletazo en la cara. El hombre fue a quejarse ante el tribunal del pueblo, y los sabios jueces deliberaron con toda seriedad.El sacristán que dio los avisosUn domingo el cura amaneció enfermo y le encargó al sacristán dar los avisos: que no habría misa pero que rezaran el rosario; que el jueves era vigilia porque el viernes era San Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez se iban a casar, y si alguien sabía de algún impedimento, que avisara. Nervioso ante tanta gente, el sacristán anunció:El lado derechoUn huésped dormía en casa de Nasrudín cuando se apagó la vela. «Mulá, tienes una vela a tu derecha; pásamela y la encendemos».Ojalá encuentre algoUna noche la esposa de Nasrudín le susurró: «¡Mulá, hay un ladrón en la casa!».Come, abrigo míoNasrudín fue a una boda con su ropa vieja y nadie le hizo caso. Volvió a su casa, se puso su mejor abrigo de piel y regresó. Esta vez el anfitrión lo recibió con honores, lo sentó a la cabecera y le dijo: «Coma usted, señor». Nasrudín tomó la manga de su abrigo, la acercó a la comida y dijo: «Come, abrigo mío». El anfitrión, asombrado, le preguntó qué hacía.Ver en la oscuridadEn la casa de té, Nasrudín presumía: «Yo puedo ver en la oscuridad». Alguien le preguntó: «Si es así, ¿por qué algunas noches te vemos caminando por las calles con una lámpara?».El anillo perdidoNasrudín perdió su anillo en la sala de su casa. Lo buscó un rato, no lo encontró y salió a buscarlo al patio. Su esposa le preguntó: «Si perdiste el anillo en la sala, ¿por qué lo buscas en el patio?». Nasrudín se acarició la barba y contestó:Por la tarde no trabajanUn hombre llega a la puerta del ayuntamiento y le pregunta al guardia: «Perdone, ¿por la tarde no trabajan?».El viaje por Italia—¿Qué tal tu viaje por Italia? —Muy bien: estuve en Roma, en Milán y en Temeo. —¿Temeo? Nunca había oído hablar de esa ciudad. —Es grandísima y muy famosa. —¿Seguro que se llama Temeo?El alpinista que cayóDos alpinistas escalan una pared muy empinada y uno se suelta de la cuerda. «¡Juan! ¿Estás bien?». «Sí...». «¿Te hiciste daño?». «No...». «Voy a bajar a ayudarte. ¿Cuántos metros estás por debajo de mí?».Tarzán y el ratónVa Tarzán por la selva y se encuentra con un ratoncito. «Tan chiquito y con bigotes...», le dice. El ratón lo mira de arriba abajo y le responde:El elefante del ascensorUn elefante trabajaba de ascensorista. Entró un ratoncito apurado y el elefante le preguntó: «¿Qué piso?».¿Qué quiere?Un señor entra a un bar. El mesero le pregunta: «¿Qué quiere?». «¿Que qué quiero? Una casa más grande, más dinero...». «No, hombre, ¿qué desea?». «¿Que qué deseo? Una mansión, ser millonario...». «¡No, hombre! ¿Qué va a ser?». «¿Que qué va a ser? Yo prefiero que sea niña, pero si es niño no me importa». «¡No, hombre! ¿Qué va a tomar?». «¡Ah, eso se dice antes! ¿Qué hay?».La valiente del dentistaUna mujer llega apurada al dentista con su esposo: «Necesito sacar una muela, pero sin anestesia, que tenemos prisa. Hágalo lo más rápido posible». El dentista, impresionado: «¡Qué valiente es usted, señora! ¿Cuál es la muela?». La mujer se voltea hacia su marido:El taxista asustadizoUn pasajero le toca el hombro al taxista para preguntarle algo. El taxista pega un grito, pierde el control, casi choca con un camión y termina metido en una vidriera. «¡Amigo, no vuelva a hacer eso, casi me mata del susto!». El pasajero se disculpa: «No pensé que se iba a asustar tanto». «Es que es mi primer día como taxista». «¿Y qué hacía antes?».¡Eureka!El rey Hierón le pidió a Arquímedes averiguar si su nueva corona era de oro puro o si el orfebre lo había engañado mezclándolo con otro metal, sin dañar la corona. Mientras se bañaba, Arquímedes notó que el agua subía cuando él entraba en la bañera, y comprendió que así podía medir el volumen de la corona.La tinaja de DiógenesCuando Filipo anunció que iba a atacar Corinto, todo el mundo corría de un lado a otro, preparándose. Diógenes, en cambio, se puso a empujar y hacer rodar la tinaja donde vivía. Le preguntaron por qué lo hacía.La mula baya de don Pedro Arcaya—¿Quieres que te cuente el cuento de la mula baya de don Pedro Arcaya? —Ya está. —Yo no te digo que me digas «ya está», sino si quieres que te cuente el cuento de la mula baya de don Pedro Arcaya. —Bueno, cuéntamelo. —Yo no te digo que me digas «bueno, cuéntamelo», sino si quieres que te cuente el cuento de la mula baya de don Pedro Arcaya...El rey y la tela invisibleTres embusteros le dijeron a un rey que tejían una tela maravillosa que solo podían ver los hijos legítimos de sus padres. Se encerraron en un palacio con mucho oro y seda y fingieron tejer. Nadie, empezando por el rey, se atrevía a confesar que no veía nada, por miedo a quedar mal. El rey salió a la calle «vestido» con la tela y toda la gente la alababa, hasta que el mozo que cuidaba el caballo del rey, que no tenía nada que perder, le dijo:Los tres hermanos que aprendieron a hablarUn campesino rico tenía tres hijos muy cortos de entendimiento y los mandó a recorrer el mundo para aprender a hablar como la gente educada. En una fonda escucharon a unos jugadores de dominó: el mayor se aprendió la frase «Nosotros hemos sido»; el segundo, «Por ganar dinero»; y el menor, «Por muy justa causa». De vuelta a casa, encontraron a un hombre tirado en el camino, asesinado. En eso llegó un guardia a caballo: «¿Quién mató a este hombre?». «Nosotros hemos sido», dijo el mayor. «¿Y por qué?». «Por ganar dinero», dijo el segundo. «¡Entonces van presos los tres!».Nasrudín y TamerlánTamerlán invitó a comer a Nasrudín. El emperador tenía el pie apoyado en un cojín y, al ver que Nasrudín también estiraba la pierna sobre una esquina del cojín, quiso humillarlo: «Dime, cuando vas montado en tu burro, ¿qué diferencia hay entre tú y él?».El cuervo y el jabónNasrudín y su esposa estaban lavando ropa junto a un estanque cuando un cuervo bajó, agarró el jabón y se fue volando. «¡Mulá, el cuervo se llevó el jabón!», gritó ella.La escalera en ventaNasrudín apoyó una escalera en el muro de un huerto, trepó y saltó adentro llevándose la escalera. El hortelano lo vio: «¿Quién eres y qué haces aquí?». «Vine a vender esta escalera». «¿Y este es lugar para vender una escalera?».La piedra del patioUn día se discutía delante de Nasrudín sobre lo débil que se vuelve uno con la vejez. Él no estuvo de acuerdo:Nadie le ofrece un burroNasrudín perdió a su único burro y andaba muy triste. Un vecino le dijo: «Hermano, te veo más triste que cuando murió tu esposa». Nasrudín le explicó:El permiso—Jefe, ¿puedo salir hoy dos horas antes? Mi esposa quiere que la acompañe de compras. —De ninguna manera.El abogado convincenteAl terminar el juicio, el abogado le dice a su cliente: «Gracias a mi defensa lo declararon inocente. Pero, en confianza, ¿usted robó el banco?».El que corría tras el autobúsUn autobús con sesenta pasajeros baja una montaña a toda velocidad y detrás va un señor corriendo, desesperado. Un conductor que pasa le grita: «¡Jefe, déjelo, que ya no lo alcanza!».¿Rezas antes de comer?Un niño invita a un amigo a almorzar a su casa. Al sentarse a la mesa, le pregunta: «Oye, ¿tú rezas antes de comer?».El imitador de pájarosUn hombre va al circo a pedir trabajo. «¿Y usted qué sabe hacer?». «Imito a los pájaros». «¡Bah! Eso lo hace cualquiera». «Ah, bueno... en ese caso...».La cabra disfrazadaUn señor quería subir a un barco con su cabra, pero el de la aduana le dijo: «La cabra no pasa». Un amigo le aconsejó: «Píntala de negro, ponle un bozal y dirá que es un perro». Así lo hizo, pero el aduanero insistió: «¡Le dije que la cabra no pasa!». «¡No es una cabra, es un perro!». «¿Ah, sí? ¿Y esos cuernos?».Las tres hermanas olvidadizasTres hermanas de 96, 94 y 92 años vivían juntas. La de 96 llenó la tina, metió un pie y gritó: «¿Alguien sabe si me estaba metiendo o saliendo del baño?». La de 94 empezó a subir para ver, se detuvo y gritó: «¿Yo estaba subiendo o bajando la escalera?». La de 92, que tomaba té en la cocina, pensó: «Ojalá nunca me ponga así de olvidadiza. ¡Toco madera!». Y dio tres golpes en la mesa.Los pingüinos al zoológicoA un transportista que llevaba pingüinos al zoológico se le descompuso el camión refrigerado. Vio pasar un camión de reparto de leche, también refrigerado, y le pagó al lechero para que llevara los pingüinos al zoológico. Mientras tanto, logró arreglar su camión y fue directo al zoológico. Al llegar, vio salir al lechero con los pingüinos detrás, en fila. «¿Adónde vas con los pingüinos?».Churchill y el honorSe le atribuye a Churchill esta respuesta en una discusión con Charles de Gaulle. El francés le reprochó: «Ustedes, los ingleses, solo pelean por dinero; nosotros, los franceses, luchamos por el honor y la dignidad».El hombre de PlatónPlatón había definido al ser humano como «un bípedo implume», es decir, un animal de dos patas y sin plumas, y lo habían elogiado mucho por ello. Diógenes desplumó un gallo, lo soltó en la Academia y gritó: «¡Aquí les traigo un hombre!».Las huellas en la nieveEn Chelm había un ayudante que cada mañana pasaba casa por casa despertando a la gente para ir a rezar. A los vecinos les daba pena que sus pisadas estropearan la nieve recién caída. Tras mucho pensar, dieron con la solución:Doña Truhana y la olla de mielDoña Truhana, que era bastante pobre, iba al mercado con una olla de miel en la cabeza. Por el camino empezó a soñar despierta: con lo que le dieran por la miel compraría huevos; de los huevos saldrían gallinas; con las gallinas compraría ovejas... y así hasta ser la más rica del pueblo, casar a sus hijos y pasear por la calle con yernos y nueras. Tan feliz estaba que se echó a reír y se dio una palmada en la frente.Las dos hijasLas dos hijas de Nasrudín fueron a visitarlo. Una estaba casada con un agricultor y le dijo: «Mi marido sembró mucho trigo; si llueve bastante, me comprará un vestido nuevo». La otra estaba casada con un fabricante de tejas: «Mi marido hizo muchísimas tejas; si no cae ni una gota, me comprará un vestido nuevo». Nasrudín suspiró:El signo del chivoLe preguntaron a Nasrudín cuál era su signo del zodiaco. «El chivo», respondió. «Mulá, ese signo no existe». «Cuando nací, mi madre consultó mi horóscopo y le dijeron que yo era del signo del cabrito». «Pero un cabrito no es lo mismo que un chivo».El centro de la TierraLlegaron a la corte unos sabios extranjeros con preguntas que nadie sabía responder, y llamaron a Nasrudín. El primero preguntó: «¿Dónde está el centro de la Tierra?». Nasrudín señaló con el bastón la pata de su burro: «Justo ahí. Si no me crees, mídelo». El segundo preguntó: «¿Cuántas estrellas hay en el cielo?». «Tantas como pelos tiene mi burro. Si dudas, cuéntalos». El tercero preguntó: «¿Cuántos pelos tiene mi barba?».Las nueve monedas del sueñoUna noche Nasrudín soñó que alguien le daba nueve monedas. En el sueño regateó: «Vamos, que sean diez». Y luego: «Mejor once». En plena discusión se despertó y vio que su mano estaba vacía. Entonces cerró los ojos de nuevo, extendió la mano y dijo:La ropa robadaUna noche Nasrudín lavó su ropa y la dejó secando en el jardín. A la mañana siguiente la ropa había desaparecido, y él se arrodilló a darle gracias a Dios con gran emoción. Su mujer, sorprendida, le reprochó: «¿Te roban la ropa y das las gracias?».La tinta china—Mamá, ¿cuesta mucho un frasco de tinta china? —No, hijo, es barata, no te preocupes.La consulta rápidaUn hombre va a un abogado: «¿Cuánto cobra por una consulta rápida?». «Mil por tres preguntas». «Vaya, ¿no es un poco caro?».El sacacorchosLlamada a urgencias: «¡Doctor, un amigo se tragó el sacacorchos justo cuando íbamos a cenar!». «¿Y qué han hecho?».El verbo andarEn clase, la maestra pide: «Jaimito, conjuga el verbo andar». «Yo... yo ando... tú... tú andas...». «¡Más deprisa!».
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