Historias graciosas con final inesperado
Nasreddín, Pedro Urdemales, anécdotas reales y cuentos populares con final inesperado.
Las tres hermanas olvidadizas
Tres hermanas de 96, 94 y 92 años vivían juntas. La de 96 llenó la tina, metió un pie y gritó: «¿Alguien sabe si me estaba metiendo o saliendo del baño?». La de 94 empezó a subir para ver, se detuvo y gritó: «¿Yo estaba subiendo o bajando la escalera?». La de 92, que tomaba té en la cocina, pensó: «Ojalá nunca me ponga así de olvidadiza. ¡Toco madera!». Y dio tres golpes en la mesa.
Los pingüinos al zoológico
A un transportista que llevaba pingüinos al zoológico se le descompuso el camión refrigerado. Vio pasar un camión de reparto de leche, también refrigerado, y le pagó al lechero para que llevara los pingüinos al zoológico. Mientras tanto, logró arreglar su camión y fue directo al zoológico. Al llegar, vio salir al lechero con los pingüinos detrás, en fila. «¿Adónde vas con los pingüinos?».
El hombre de Platón
Platón había definido al ser humano como «un bípedo implume», es decir, un animal de dos patas y sin plumas, y lo habían elogiado mucho por ello. Diógenes desplumó un gallo, lo soltó en la Academia y gritó: «¡Aquí les traigo un hombre!».
Doña Truhana y la olla de miel
Doña Truhana, que era bastante pobre, iba al mercado con una olla de miel en la cabeza. Por el camino empezó a soñar despierta: con lo que le dieran por la miel compraría huevos; de los huevos saldrían gallinas; con las gallinas compraría ovejas... y así hasta ser la más rica del pueblo, casar a sus hijos y pasear por la calle con yernos y nueras. Tan feliz estaba que se echó a reír y se dio una palmada en la frente.
Las dos hijas
Las dos hijas de Nasrudín fueron a visitarlo. Una estaba casada con un agricultor y le dijo: «Mi marido sembró mucho trigo; si llueve bastante, me comprará un vestido nuevo». La otra estaba casada con un fabricante de tejas: «Mi marido hizo muchísimas tejas; si no cae ni una gota, me comprará un vestido nuevo». Nasrudín suspiró:
La consulta rápida
Un hombre va a un abogado: «¿Cuánto cobra por una consulta rápida?». «Mil por tres preguntas». «Vaya, ¿no es un poco caro?».
El pirata y la paloma
Un marinero y un pirata conversan en un bar. «¿Y esa pierna de palo?». «Una ola me tiró al mar y un tiburón me la arrancó». «¿Y el garfio?». «Un enemigo me cortó la mano en un abordaje». «¿Y el parche en el ojo?». «Una paloma que pasaba me hizo caca en el ojo». «¿Perdiste un ojo por una caca de paloma?».
Mirando las estrellas
Carlos y Adriana se fueron de campamento y durmieron en una carpa. A medianoche, Adriana lo despertó: «Carlos, mira el cielo y dime qué ves». «Veo millones de estrellas». «¿Y eso qué te dice?». «Astronómicamente, que hay millones de galaxias. Astrológicamente, que Saturno está en Leo. Cronológicamente, que son como las tres de la mañana. Meteorológicamente, que mañana hará un día precioso. ¿Y a ti qué te dice, Adriana?».
El paciente nervioso
Un camillero lleva a un paciente al quirófano y nota que tiembla muchísimo. «¿Por qué está tan nervioso?». «Es que oí a la enfermera decir que la operación de apendicitis es muy sencilla, que no había por qué estar nervioso y que todo iba a salir bien». «Claro, se lo dijo para tranquilizarlo».
Twain y el cometa Halley
Mark Twain nació en 1835, poco después de que pasara el cometa Halley. En 1909 escribió: «Llegué con el cometa Halley y vuelve el año que viene; espero irme con él. Sería una gran decepción si no fuera así. Sin duda el Todopoderoso ha dicho: “Aquí están estos dos bichos raros e inexplicables; llegaron juntos, tienen que irse juntos”».
Las tres mentiras
Un campesino dejó trescientos pesos a sus tres hijos. Los dos mayores, ambiciosos, propusieron enterrar el dinero, irse un año y dárselo al que, al volver, contara la mentira más grande. El mayor contó que había plantado una mata de garbanzos que creció hasta el cielo. El segundo, que había torcido un hilo tan largo que llegaba al cielo. El menor contó que una noche quiso fumar, no tenía fósforos, vio una luz en la Luna y subió a encender su cigarro. «¿Y por dónde subiste?». «Por el hilo que tú torciste».
El último deseo
La noche antes de la ejecución, el director de la cárcel visita al condenado: «Ya sabes que tienes derecho a un último deseo. ¿Quieres un trago?». «No, gracias». «¿Un cigarrillo?». «Tampoco». «Entonces, dime, ¿qué deseas?».
Las pastillas de la felicidad
Un vendedor ambulante pregona: «¡Pastillas de la felicidad! ¡Vendo pastillas de la felicidad!». Un hombre compra unas, se las toma y al rato vuelve furioso: «¡Oiga, pero si son aspirinas!».
El burro y el ingeniero
Un ingeniero dirigía la construcción de una carretera y un campesino del pueblo vecino miraba la obra todos los días. «¿Cómo hacen las carreteras en su pueblo?», le preguntó el ingeniero. «Soltamos un burro viejo; el animal siempre elige el camino más corto y seguro, y por ahí hacemos la carretera». «¿Y si no tienen un burro?».
El aviso fúnebre
Al morir su suegra, un hombre va al periódico a publicar un aviso. «Son 10 por palabra, con un mínimo de cinco palabras», le dicen. «Pues quiero poner: “Murió Josefina”». «Le repito: el mínimo son cinco palabras». El hombre se va, piensa un rato y vuelve: «Ya sé qué poner: “Murió Josefina”...». «¿Y las otras tres palabras?».
La edad del dinosaurio
En el museo, un visitante pregunta al guía: «¿Cuántos años tiene este dinosaurio?». «Setenta millones y treinta y siete años». «¡Qué precisión! ¿Cómo lo calculan?».
Tu cerebro y mi belleza
Cuenta una anécdota famosa (probablemente apócrifa, según los periódicos que la investigaron) que una mujer bellísima le propuso a George Bernard Shaw: «Deberíamos tener un hijo. ¡Imagínese: con su cerebro y mi belleza!». Shaw contestó:
Lo que hacía mi padre
Hérshel de Ostropol llegó a una posada con aspecto de no tener un centavo. La posadera le dijo que la cocina estaba cerrada. «Entonces tendré que hacer lo que hacía mi padre», dijo Hérshel. Ella, asustada, preguntó qué hacía su padre. «Mi padre hacía lo que tenía que hacer». Imaginando algo terrible, la mujer le sirvió una comida completa. Cuando terminó de comer, ella se atrevió por fin a preguntarle qué era lo que hacía su padre.
El capón de una sola pata
Un caballero le encargó a su cocinera, Chepa, un capón asado. El olor era tan rico que Chepa no resistió y se comió una pata. Al servirlo, el patrón preguntó: «¿Desde cuándo los capones tienen una sola pata?». «Desde siempre, señor. Venga al gallinero y lo verá». Era de noche y las gallinas dormían, todas paradas en una sola pata. «¿Lo ve, patrón?». El caballero espantó a las aves, que salieron corriendo en dos patas: «¿Ves cómo tienen dos?».
La mudanza
Una noche un ladrón entró en casa de Nasrudín, cargó con todo lo que había y se fue. Nasrudín lo siguió en silencio hasta la casa del ladrón y, cuando este iba a cerrar la puerta, se metió detrás de él. «¿Qué quieres, Mulá?», preguntó el ladrón.
La olla que dio a luz
Nasrudín pidió prestado un caldero a su vecino y se lo devolvió con una ollita adentro. «¿Y esto?». «El caldero tuvo un hijo», dijo Nasrudín, y el vecino, encantado, se quedó con la ollita. Tiempo después, Nasrudín volvió a pedir el caldero y no lo devolvió. El vecino fue a reclamarlo. «Lo siento mucho», dijo Nasrudín, «el caldero se murió». «¿Cómo va a morirse un caldero?».
El dentista rápido
—Tengo que sacarle la muela, pero no se preocupe, solo tomará unos cinco minutos. —¿Y cuánto me costará? —Noventa. —¡Noventa por cinco minutos de trabajo!
El loro que avisaba
Un ladrón entra de noche en una casa y oye una voz en la oscuridad: «Jesús te está mirando». Se queda paralizado del miedo. Al rato sigue robando y vuelve a oír: «Jesús te está mirando». Alumbra con la linterna y ve a un loro. «¿Fuiste tú?». «Sí, solo quiero avisarte». «¿Y cómo te llamas?». «Moisés». «¿Qué clase de persona le pone Moisés a un loro?».
La camisa roja del capitán
El capitán Bravo era famoso por su valentía. Un día apareció un barco pirata y él gritó: «¡Tráiganme mi camisa roja!». Se la puso, guio a sus hombres y ganaron. Días después aparecieron dos barcos piratas; otra vez pidió la camisa roja y otra vez vencieron. Esa noche le preguntaron por qué la camisa roja. «Si me hieren, la camisa roja no deja ver mi sangre, y mis hombres siguen peleando sin miedo». Todos quedaron admirados. Al amanecer, el vigía avistó diez barcos piratas. Toda la tripulación miró al capitán, que gritó con voz firme: