Con final inesperado
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Historias graciosas con final inesperado
La esquina doblada marca lo que aún no leísteEl pago en FerrariUn hombre va a un abogado: «Necesito que me defienda, pero no tengo ni un centavo». «¿Y entonces yo qué gano?». «Tengo un Ferrari nuevo; si gana el caso, es suyo». «Trato hecho. ¿De qué lo acusan?».El viaje soñadoDos alumnos llegan tarde. La maestra le pregunta al primero: «¿Por qué llegaste tarde?». «Soñé que viajaba por el mundo, conocí muchos países y me desperté tarde». «¿Y tú?», le pregunta al otro.La viejita y el timbreUna viejita intentaba tocar el timbre de una casa, pero no alcanzaba. Un señor se acercó muy amable: «Señora, ¿la ayudo?». «Sí, joven, ¿me toca el timbre, por favor?». El señor tocó el timbre. «Listo, señora. ¿Y ahora qué?».Groucho juega al tenisEn 1937 se organizó un partido de dobles de tenis con famosos: Groucho Marx contra Charlie Chaplin, que se tomaba el tenis muy en serio. Groucho llegó a la cancha con doce raquetas y una maleta. Chaplin, desconcertado, le preguntó qué llevaba en la maleta. Groucho le preguntó qué llevaba él en la suya, y Chaplin contestó que no traía ninguna. «¿Y qué clase de tenista es usted?», le dijo Groucho.El pan que cayó bienEn Chelm, una joven dejó caer al suelo una tostada con mantequilla y, para su asombro, cayó con la mantequilla hacia arriba, cuando todo el mundo sabe que siempre cae al revés. Convocaron a todos los sabios del pueblo, que pasaron tres días ayunando y debatiendo en la sinagoga. Al final volvieron con la respuesta:El contrabandistaNasrudín cruzaba la frontera todos los días con su burro cargado de paja. Los guardias lo registraban una y otra vez: removían la paja, la mojaban, a veces hasta la quemaban, y nunca encontraban nada. Años después, uno de los aduaneros se lo encontró y le dijo: «Ahora puedes decírmelo, Nasrudín: ¿qué contrabandeabas que nunca pudimos encontrar?».El atraco en el parqueUn anciano hace ejercicio en el parque y se le acerca un joven: «Disculpe, señor, ¿no ha visto a un par de policías por aquí?». «Pues no, ¿por qué?».La herencia del cartero—Cuando mi padre murió, a mi hermano mayor le dejó las afueras del pueblo, a mi hermano menor la parte norte y a mí todo el centro del pueblo. —No sabía que tu padre fuera rico.El perro talentoso—Mi perro es extraordinario: cuando quiere, baila; cuando quiere, me trae las pantuflas; cuando quiere, canta como Sinatra. —¿En serio?Los ladrones gatosTres ladrones entran a un banco por el ducto del aire acondicionado. El primero resbala y hace ruido. «¿Quién anda ahí?», pregunta el guardia. «¡Miauuu!». El guardia sigue su ronda. El segundo resbala. «¿Quién anda ahí?». «¡Miauuu!». El tercero también resbala. «¿Quién anda ahí?».El burro frente a la iglesiaUn burro murió frente a una iglesia y una semana después seguía ahí. El cura llamó al jefe de policía, que era su adversario político. «Pero, padre, ¿no es usted el encargado de ocuparse de los muertos?».Cuando lloreGracias a un tratamiento de fertilidad, una mujer de 65 años tuvo un bebé. Los familiares fueron a visitarla: «¿Podemos ver al bebé?». «Todavía no». Media hora después: «¿Y ahora?». «Todavía no». Ya impacientes: «¿Pero cuándo vamos a verlo?». «Cuando llore». «¿Y por qué tenemos que esperar a que llore?».Un honor para el príncipeA fines de la década de 1890, Mark Twain dio una charla en el Savage Club de Londres y lo nombraron miembro honorario. Le explicaron, muy solemnes, que solo tres hombres habían recibido ese honor, entre ellos el príncipe de Gales. Twain respondió:La valiente del dentistaUna mujer llega apurada al dentista con su esposo: «Necesito sacar una muela, pero sin anestesia, que tenemos prisa. Hágalo lo más rápido posible». El dentista, impresionado: «¡Qué valiente es usted, señora! ¿Cuál es la muela?». La mujer se voltea hacia su marido:El taxista asustadizoUn pasajero le toca el hombro al taxista para preguntarle algo. El taxista pega un grito, pierde el control, casi choca con un camión y termina metido en una vidriera. «¡Amigo, no vuelva a hacer eso, casi me mata del susto!». El pasajero se disculpa: «No pensé que se iba a asustar tanto». «Es que es mi primer día como taxista». «¿Y qué hacía antes?».El rey y la tela invisibleTres embusteros le dijeron a un rey que tejían una tela maravillosa que solo podían ver los hijos legítimos de sus padres. Se encerraron en un palacio con mucho oro y seda y fingieron tejer. Nadie, empezando por el rey, se atrevía a confesar que no veía nada, por miedo a quedar mal. El rey salió a la calle «vestido» con la tela y toda la gente la alababa, hasta que el mozo que cuidaba el caballo del rey, que no tenía nada que perder, le dijo:Los tres hermanos que aprendieron a hablarUn campesino rico tenía tres hijos muy cortos de entendimiento y los mandó a recorrer el mundo para aprender a hablar como la gente educada. En una fonda escucharon a unos jugadores de dominó: el mayor se aprendió la frase «Nosotros hemos sido»; el segundo, «Por ganar dinero»; y el menor, «Por muy justa causa». De vuelta a casa, encontraron a un hombre tirado en el camino, asesinado. En eso llegó un guardia a caballo: «¿Quién mató a este hombre?». «Nosotros hemos sido», dijo el mayor. «¿Y por qué?». «Por ganar dinero», dijo el segundo. «¡Entonces van presos los tres!».El permiso—Jefe, ¿puedo salir hoy dos horas antes? Mi esposa quiere que la acompañe de compras. —De ninguna manera.El abogado convincenteAl terminar el juicio, el abogado le dice a su cliente: «Gracias a mi defensa lo declararon inocente. Pero, en confianza, ¿usted robó el banco?».El que corría tras el autobúsUn autobús con sesenta pasajeros baja una montaña a toda velocidad y detrás va un señor corriendo, desesperado. Un conductor que pasa le grita: «¡Jefe, déjelo, que ya no lo alcanza!».Las tres hermanas olvidadizasTres hermanas de 96, 94 y 92 años vivían juntas. La de 96 llenó la tina, metió un pie y gritó: «¿Alguien sabe si me estaba metiendo o saliendo del baño?». La de 94 empezó a subir para ver, se detuvo y gritó: «¿Yo estaba subiendo o bajando la escalera?». La de 92, que tomaba té en la cocina, pensó: «Ojalá nunca me ponga así de olvidadiza. ¡Toco madera!». Y dio tres golpes en la mesa.Los pingüinos al zoológicoA un transportista que llevaba pingüinos al zoológico se le descompuso el camión refrigerado. Vio pasar un camión de reparto de leche, también refrigerado, y le pagó al lechero para que llevara los pingüinos al zoológico. Mientras tanto, logró arreglar su camión y fue directo al zoológico. Al llegar, vio salir al lechero con los pingüinos detrás, en fila. «¿Adónde vas con los pingüinos?».El hombre de PlatónPlatón había definido al ser humano como «un bípedo implume», es decir, un animal de dos patas y sin plumas, y lo habían elogiado mucho por ello. Diógenes desplumó un gallo, lo soltó en la Academia y gritó: «¡Aquí les traigo un hombre!».Doña Truhana y la olla de mielDoña Truhana, que era bastante pobre, iba al mercado con una olla de miel en la cabeza. Por el camino empezó a soñar despierta: con lo que le dieran por la miel compraría huevos; de los huevos saldrían gallinas; con las gallinas compraría ovejas... y así hasta ser la más rica del pueblo, casar a sus hijos y pasear por la calle con yernos y nueras. Tan feliz estaba que se echó a reír y se dio una palmada en la frente.Las dos hijasLas dos hijas de Nasrudín fueron a visitarlo. Una estaba casada con un agricultor y le dijo: «Mi marido sembró mucho trigo; si llueve bastante, me comprará un vestido nuevo». La otra estaba casada con un fabricante de tejas: «Mi marido hizo muchísimas tejas; si no cae ni una gota, me comprará un vestido nuevo». Nasrudín suspiró:La consulta rápidaUn hombre va a un abogado: «¿Cuánto cobra por una consulta rápida?». «Mil por tres preguntas». «Vaya, ¿no es un poco caro?».El pirata y la palomaUn marinero y un pirata conversan en un bar. «¿Y esa pierna de palo?». «Una ola me tiró al mar y un tiburón me la arrancó». «¿Y el garfio?». «Un enemigo me cortó la mano en un abordaje». «¿Y el parche en el ojo?». «Una paloma que pasaba me hizo caca en el ojo». «¿Perdiste un ojo por una caca de paloma?».Mirando las estrellasCarlos y Adriana se fueron de campamento y durmieron en una carpa. A medianoche, Adriana lo despertó: «Carlos, mira el cielo y dime qué ves». «Veo millones de estrellas». «¿Y eso qué te dice?». «Astronómicamente, que hay millones de galaxias. Astrológicamente, que Saturno está en Leo. Cronológicamente, que son como las tres de la mañana. Meteorológicamente, que mañana hará un día precioso. ¿Y a ti qué te dice, Adriana?».El paciente nerviosoUn camillero lleva a un paciente al quirófano y nota que tiembla muchísimo. «¿Por qué está tan nervioso?». «Es que oí a la enfermera decir que la operación de apendicitis es muy sencilla, que no había por qué estar nervioso y que todo iba a salir bien». «Claro, se lo dijo para tranquilizarlo».Twain y el cometa HalleyMark Twain nació en 1835, poco después de que pasara el cometa Halley. En 1909 escribió: «Llegué con el cometa Halley y vuelve el año que viene; espero irme con él. Sería una gran decepción si no fuera así. Sin duda el Todopoderoso ha dicho: “Aquí están estos dos bichos raros e inexplicables; llegaron juntos, tienen que irse juntos”».Las tres mentirasUn campesino dejó trescientos pesos a sus tres hijos. Los dos mayores, ambiciosos, propusieron enterrar el dinero, irse un año y dárselo al que, al volver, contara la mentira más grande. El mayor contó que había plantado una mata de garbanzos que creció hasta el cielo. El segundo, que había torcido un hilo tan largo que llegaba al cielo. El menor contó que una noche quiso fumar, no tenía fósforos, vio una luz en la Luna y subió a encender su cigarro. «¿Y por dónde subiste?». «Por el hilo que tú torciste».El último deseoLa noche antes de la ejecución, el director de la cárcel visita al condenado: «Ya sabes que tienes derecho a un último deseo. ¿Quieres un trago?». «No, gracias». «¿Un cigarrillo?». «Tampoco». «Entonces, dime, ¿qué deseas?».Las pastillas de la felicidadUn vendedor ambulante pregona: «¡Pastillas de la felicidad! ¡Vendo pastillas de la felicidad!». Un hombre compra unas, se las toma y al rato vuelve furioso: «¡Oiga, pero si son aspirinas!».El burro y el ingenieroUn ingeniero dirigía la construcción de una carretera y un campesino del pueblo vecino miraba la obra todos los días. «¿Cómo hacen las carreteras en su pueblo?», le preguntó el ingeniero. «Soltamos un burro viejo; el animal siempre elige el camino más corto y seguro, y por ahí hacemos la carretera». «¿Y si no tienen un burro?».El aviso fúnebreAl morir su suegra, un hombre va al periódico a publicar un aviso. «Son 10 por palabra, con un mínimo de cinco palabras», le dicen. «Pues quiero poner: “Murió Josefina”». «Le repito: el mínimo son cinco palabras». El hombre se va, piensa un rato y vuelve: «Ya sé qué poner: “Murió Josefina”...». «¿Y las otras tres palabras?».La edad del dinosaurioEn el museo, un visitante pregunta al guía: «¿Cuántos años tiene este dinosaurio?». «Setenta millones y treinta y siete años». «¡Qué precisión! ¿Cómo lo calculan?».Tu cerebro y mi bellezaCuenta una anécdota famosa (probablemente apócrifa, según los periódicos que la investigaron) que una mujer bellísima le propuso a George Bernard Shaw: «Deberíamos tener un hijo. ¡Imagínese: con su cerebro y mi belleza!». Shaw contestó:Lo que hacía mi padreHérshel de Ostropol llegó a una posada con aspecto de no tener un centavo. La posadera le dijo que la cocina estaba cerrada. «Entonces tendré que hacer lo que hacía mi padre», dijo Hérshel. Ella, asustada, preguntó qué hacía su padre. «Mi padre hacía lo que tenía que hacer». Imaginando algo terrible, la mujer le sirvió una comida completa. Cuando terminó de comer, ella se atrevió por fin a preguntarle qué era lo que hacía su padre.El capón de una sola pataUn caballero le encargó a su cocinera, Chepa, un capón asado. El olor era tan rico que Chepa no resistió y se comió una pata. Al servirlo, el patrón preguntó: «¿Desde cuándo los capones tienen una sola pata?». «Desde siempre, señor. Venga al gallinero y lo verá». Era de noche y las gallinas dormían, todas paradas en una sola pata. «¿Lo ve, patrón?». El caballero espantó a las aves, que salieron corriendo en dos patas: «¿Ves cómo tienen dos?».La mudanzaUna noche un ladrón entró en casa de Nasrudín, cargó con todo lo que había y se fue. Nasrudín lo siguió en silencio hasta la casa del ladrón y, cuando este iba a cerrar la puerta, se metió detrás de él. «¿Qué quieres, Mulá?», preguntó el ladrón.La olla que dio a luzNasrudín pidió prestado un caldero a su vecino y se lo devolvió con una ollita adentro. «¿Y esto?». «El caldero tuvo un hijo», dijo Nasrudín, y el vecino, encantado, se quedó con la ollita. Tiempo después, Nasrudín volvió a pedir el caldero y no lo devolvió. El vecino fue a reclamarlo. «Lo siento mucho», dijo Nasrudín, «el caldero se murió». «¿Cómo va a morirse un caldero?».El dentista rápido—Tengo que sacarle la muela, pero no se preocupe, solo tomará unos cinco minutos. —¿Y cuánto me costará? —Noventa. —¡Noventa por cinco minutos de trabajo!El loro que avisabaUn ladrón entra de noche en una casa y oye una voz en la oscuridad: «Jesús te está mirando». Se queda paralizado del miedo. Al rato sigue robando y vuelve a oír: «Jesús te está mirando». Alumbra con la linterna y ve a un loro. «¿Fuiste tú?». «Sí, solo quiero avisarte». «¿Y cómo te llamas?». «Moisés». «¿Qué clase de persona le pone Moisés a un loro?».La camisa roja del capitánEl capitán Bravo era famoso por su valentía. Un día apareció un barco pirata y él gritó: «¡Tráiganme mi camisa roja!». Se la puso, guio a sus hombres y ganaron. Días después aparecieron dos barcos piratas; otra vez pidió la camisa roja y otra vez vencieron. Esa noche le preguntaron por qué la camisa roja. «Si me hieren, la camisa roja no deja ver mi sangre, y mis hombres siguen peleando sin miedo». Todos quedaron admirados. Al amanecer, el vigía avistó diez barcos piratas. Toda la tripulación miró al capitán, que gritó con voz firme:Cuidado con el loroUn cartero entra a una casa y ve un cartel: «Cuidado con el loro». Se ríe y sigue. Más adelante, otro cartel: «No moleste al loro». Y luego: «Loro peligroso». Al final encuentra una jaula con un lorito pequeño y viejo. El cartero, burlón, toca la jaula para saludarlo. El loro mira hacia abajo y le dice a su perro:Gauss y la suma imposibleCuando Carl Friedrich Gauss tenía unos nueve años, su maestro mandó a la clase sumar todos los números del 1 al 100, solo para tener a los niños ocupados un buen rato. Al poco tiempo, el pequeño Gauss ya tenía la respuesta: 5050. En lugar de sumar uno por uno, se había dado cuenta de que 1 + 100, 2 + 99, 3 + 98... siempre dan 101.El rey y el tabardíeUn pícaro limó cien monedas de oro, hizo con ellas cien bolitas y se las vendió a un boticario diciendo que se llamaban «tabardíe» y que sin ellas no se podía hacer oro. Luego le hizo creer al rey, aficionado a la alquimia, que sabía fabricar oro. El rey compró el tabardíe al boticario, el pícaro lo fundió... y salió oro. Entusiasmado, el rey le dio una fortuna para que fuera a buscar más tabardíe a su tierra. El pícaro nunca volvió. Tiempo después, unos hombres hicieron una lista en broma y pusieron al rey entre los tontos. «¿Y si el hombre vuelve?», les preguntó el rey.