Historias graciosas
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La esquina doblada marca lo que aún no leísteEl paciente nerviosoUn camillero lleva a un paciente al quirófano y nota que tiembla muchísimo. «¿Por qué está tan nervioso?». «Es que oí a la enfermera decir que la operación de apendicitis es muy sencilla, que no había por qué estar nervioso y que todo iba a salir bien». «Claro, se lo dijo para tranquilizarlo».Twain y el cometa HalleyMark Twain nació en 1835, poco después de que pasara el cometa Halley. En 1909 escribió: «Llegué con el cometa Halley y vuelve el año que viene; espero irme con él. Sería una gran decepción si no fuera así. Sin duda el Todopoderoso ha dicho: “Aquí están estos dos bichos raros e inexplicables; llegaron juntos, tienen que irse juntos”».¿Cuándo llegaste del cielo?Un ateniense hablaba con mucha autoridad sobre los meteoros y los fenómenos del cielo. Diógenes lo interrumpió:El rey que tenía dos hijosEste era un rey que tenía dos hijos: uno era más grande y otro más chico; uno se llamaba Pancho y otro Francisco. Cuando el rey se levantaba, se levantaba con sus dos hijos: uno era más grande y otro más chico; uno se llamaba Pancho y otro Francisco. Cuando el rey almorzaba, almorzaba con sus dos hijos: uno era más grande y otro más chico...Las piedras de ChelmLos de Chelm decidieron construir una sinagoga y mandaron a unos hombres fuertes a la montaña a buscar piedras. Los hombres bajaron sudando con las piedras al hombro. Al verlos, el guardia del pueblo gritó: «¡Tontos! ¡Debieron hacerlas rodar montaña abajo!». A los hombres les pareció una idea excelente.Las tres mentirasUn campesino dejó trescientos pesos a sus tres hijos. Los dos mayores, ambiciosos, propusieron enterrar el dinero, irse un año y dárselo al que, al volver, contara la mentira más grande. El mayor contó que había plantado una mata de garbanzos que creció hasta el cielo. El segundo, que había torcido un hilo tan largo que llegaba al cielo. El menor contó que una noche quiso fumar, no tenía fósforos, vio una luz en la Luna y subió a encender su cigarro. «¿Y por dónde subiste?». «Por el hilo que tú torciste».El pescadorNasrudín salió a pescar con unos hombres. Ellos echaron la red al mar... y Nasrudín se tiró dentro de la red. «Mulá, ¿qué haces?».¿Ya estoy lo bastante lejos?Una noche la esposa de Nasrudín le dijo: «Hazte un poco más allá». Nasrudín se levantó, tomó sus zapatos y se puso a caminar. Caminó durante dos días seguidos. Al final se encontró con un hombre y le pidió:La sopa de la sopa de la liebreUn campesino le regaló una liebre a Nasrudín, que lo invitó a comer un buen caldo. A la semana volvió el hombre: «Soy el que te trajo la liebre», y Nasrudín lo volvió a convidar. Días después llegaron otros: «Somos los vecinos del que te trajo la liebre». Más tarde apareció un grupo todavía más grande: «Somos los vecinos de los vecinos del que te trajo la liebre». Nasrudín les dio la bienvenida y les sirvió una jarra de agua clara. «¿Y esto qué es?».El viento del huertoNasrudín entró en un huerto ajeno, arrancó zanahorias y nabos y los fue metiendo en un saco. De pronto llegó el hortelano: «¿Qué haces aquí?». «Un viento muy fuerte me trajo volando». «¿Y quién arrancó las verduras?». «El viento me zarandeaba y yo me agarraba a lo que podía; por eso se me quedaron en las manos». «¿Y quién las metió en el saco?».La palabra de un burroUn vecino le pidió prestado su burro a Nasrudín. «Lo siento, ya lo presté», respondió él. Justo en ese momento se oyó rebuznar al burro dentro del establo. «¡Pero, Mulá, si lo estoy oyendo ahí adentro!». Nasrudín le cerró la puerta en la cara y dijo con dignidad:El último deseoLa noche antes de la ejecución, el director de la cárcel visita al condenado: «Ya sabes que tienes derecho a un último deseo. ¿Quieres un trago?». «No, gracias». «¿Un cigarrillo?». «Tampoco». «Entonces, dime, ¿qué deseas?».Como pez en el aguaDos amigos hablan de sus hijos: —El mío, en su nuevo trabajo, está como pez en el agua. —¿Ah, sí? ¿Y qué hace?Las pastillas de la felicidadUn vendedor ambulante pregona: «¡Pastillas de la felicidad! ¡Vendo pastillas de la felicidad!». Un hombre compra unas, se las toma y al rato vuelve furioso: «¡Oiga, pero si son aspirinas!».David y GoliatLa maestra pregunta: «Jaimito, ¿con qué mató David a Goliat?». «Con una moto, señorita». «¿Cómo que con una moto? ¡Fue con una honda!».Las manzanas burlonasEn un árbol hay muchas manzanas. De pronto una se cae y todas las de arriba se ríen de ella. La manzana caída les responde:El burro y el ingenieroUn ingeniero dirigía la construcción de una carretera y un campesino del pueblo vecino miraba la obra todos los días. «¿Cómo hacen las carreteras en su pueblo?», le preguntó el ingeniero. «Soltamos un burro viejo; el animal siempre elige el camino más corto y seguro, y por ahí hacemos la carretera». «¿Y si no tienen un burro?».El aviso fúnebreAl morir su suegra, un hombre va al periódico a publicar un aviso. «Son 10 por palabra, con un mínimo de cinco palabras», le dicen. «Pues quiero poner: “Murió Josefina”». «Le repito: el mínimo son cinco palabras». El hombre se va, piensa un rato y vuelve: «Ya sé qué poner: “Murió Josefina”...». «¿Y las otras tres palabras?».La edad del dinosaurioEn el museo, un visitante pregunta al guía: «¿Cuántos años tiene este dinosaurio?». «Setenta millones y treinta y siete años». «¡Qué precisión! ¿Cómo lo calculan?».Tu cerebro y mi bellezaCuenta una anécdota famosa (probablemente apócrifa, según los periódicos que la investigaron) que una mujer bellísima le propuso a George Bernard Shaw: «Deberíamos tener un hijo. ¡Imagínese: con su cerebro y mi belleza!». Shaw contestó:Entrar cuando todos salenDiógenes tenía la costumbre de entrar al teatro justo cuando todos salían, chocando con la multitud. Le preguntaron por qué.El rey y las hormigasUn rey muy aficionado a los cuentos ofreció una gran recompensa a quien le contara uno que no se acabara nunca. Un forastero empezó: «En mi país, el rey llenó sus graneros de trigo. Llegó una plaga de hormigas, que abrieron un agujerito por el que cabía un solo grano. Entró una hormiga y se llevó un grano». «¿Y qué más?», preguntó el rey. «Entró otra hormiga y se llevó otro grano». «¿Y qué más?». «Entró otra hormiga y se llevó otro grano...». Así estuvo durante meses, con toda calma.Lo que hacía mi padreHérshel de Ostropol llegó a una posada con aspecto de no tener un centavo. La posadera le dijo que la cocina estaba cerrada. «Entonces tendré que hacer lo que hacía mi padre», dijo Hérshel. Ella, asustada, preguntó qué hacía su padre. «Mi padre hacía lo que tenía que hacer». Imaginando algo terrible, la mujer le sirvió una comida completa. Cuando terminó de comer, ella se atrevió por fin a preguntarle qué era lo que hacía su padre.El capón de una sola pataUn caballero le encargó a su cocinera, Chepa, un capón asado. El olor era tan rico que Chepa no resistió y se comió una pata. Al servirlo, el patrón preguntó: «¿Desde cuándo los capones tienen una sola pata?». «Desde siempre, señor. Venga al gallinero y lo verá». Era de noche y las gallinas dormían, todas paradas en una sola pata. «¿Lo ve, patrón?». El caballero espantó a las aves, que salieron corriendo en dos patas: «¿Ves cómo tienen dos?».El buey velozEl gobernador invitó a Nasrudín a un torneo a caballo. Nasrudín llegó montado en un viejo buey y todos se echaron a reír. «Mulá, ¿por qué vienes en ese buey, si no puede correr?».La mudanzaUna noche un ladrón entró en casa de Nasrudín, cargó con todo lo que había y se fue. Nasrudín lo siguió en silencio hasta la casa del ladrón y, cuando este iba a cerrar la puerta, se metió detrás de él. «¿Qué quieres, Mulá?», preguntó el ladrón.La olla que dio a luzNasrudín pidió prestado un caldero a su vecino y se lo devolvió con una ollita adentro. «¿Y esto?». «El caldero tuvo un hijo», dijo Nasrudín, y el vecino, encantado, se quedó con la ollita. Tiempo después, Nasrudín volvió a pedir el caldero y no lo devolvió. El vecino fue a reclamarlo. «Lo siento mucho», dijo Nasrudín, «el caldero se murió». «¿Cómo va a morirse un caldero?».Migas contra los tigresUn vecino encontró a Nasrudín esparciendo migas por toda su casa. «¿Por qué haces eso?». «Para mantener alejados a los tigres». «Pero si por aquí no hay tigres», dijo el vecino.El pésame a la viudaCuando Nasrudín quiso casarse, pensó en una joven que conocía, pero ella prefirió a otro hombre. Años después, el marido murió de una enfermedad. Nasrudín fue a darle el pésame a la viuda y le dijo:La reservación—Hola, quisiera reservar una mesa para cenar mañana. —¿Cuántos serán? —Unos seis o diez, más o menos. —Necesito saber cuántos confirmados.El dentista rápido—Tengo que sacarle la muela, pero no se preocupe, solo tomará unos cinco minutos. —¿Y cuánto me costará? —Noventa. —¡Noventa por cinco minutos de trabajo!Recuerdos de CarlosDos amigos se encuentran. —¡Recuerdos de Carlos! —Gracias. —¡Recuerdos de Carlos! —Gracias... —¡Recuerdos de Carlos! —Gracias... —¡Recuerdos de Carlos! —Ya, ¿no?El pato y el cerdoUn hombre va por la calle con un pato bajo el brazo. Se cruza con un amigo que le pregunta: «¿Qué haces con ese cerdo?». «¿Estás ciego? ¿No ves que es un pato?».Los mosquitos con linternaUn niño no podía dormir: «¡Papá, los mosquitos me están picando!». «Apaga la luz y duérmete», le dijo su papá. Al rato entró una luciérnaga por la ventana y el niño gritó:El loro que avisabaUn ladrón entra de noche en una casa y oye una voz en la oscuridad: «Jesús te está mirando». Se queda paralizado del miedo. Al rato sigue robando y vuelve a oír: «Jesús te está mirando». Alumbra con la linterna y ve a un loro. «¿Fuiste tú?». «Sí, solo quiero avisarte». «¿Y cómo te llamas?». «Moisés». «¿Qué clase de persona le pone Moisés a un loro?».La camisa roja del capitánEl capitán Bravo era famoso por su valentía. Un día apareció un barco pirata y él gritó: «¡Tráiganme mi camisa roja!». Se la puso, guio a sus hombres y ganaron. Días después aparecieron dos barcos piratas; otra vez pidió la camisa roja y otra vez vencieron. Esa noche le preguntaron por qué la camisa roja. «Si me hieren, la camisa roja no deja ver mi sangre, y mis hombres siguen peleando sin miedo». Todos quedaron admirados. Al amanecer, el vigía avistó diez barcos piratas. Toda la tripulación miró al capitán, que gritó con voz firme:Cuidado con el loroUn cartero entra a una casa y ve un cartel: «Cuidado con el loro». Se ríe y sigue. Más adelante, otro cartel: «No moleste al loro». Y luego: «Loro peligroso». Al final encuentra una jaula con un lorito pequeño y viejo. El cartero, burlón, toca la jaula para saludarlo. El loro mira hacia abajo y le dice a su perro:Gauss y la suma imposibleCuando Carl Friedrich Gauss tenía unos nueve años, su maestro mandó a la clase sumar todos los números del 1 al 100, solo para tener a los niños ocupados un buen rato. Al poco tiempo, el pequeño Gauss ya tenía la respuesta: 5050. En lugar de sumar uno por uno, se había dado cuenta de que 1 + 100, 2 + 99, 3 + 98... siempre dan 101.Busco un hombreDiógenes apareció un día en pleno mediodía, en medio de la ciudad, con una lámpara encendida. Cuando le preguntaron qué hacía, respondió:El cuento del gallo peladoEs un cuento de broma para engañar a quien pide un cuento. Le preguntas: «¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelado?». Cuando te contesta que sí, le dices:El rey y el tabardíeUn pícaro limó cien monedas de oro, hizo con ellas cien bolitas y se las vendió a un boticario diciendo que se llamaban «tabardíe» y que sin ellas no se podía hacer oro. Luego le hizo creer al rey, aficionado a la alquimia, que sabía fabricar oro. El rey compró el tabardíe al boticario, el pícaro lo fundió... y salió oro. Entusiasmado, el rey le dio una fortuna para que fuera a buscar más tabardíe a su tierra. El pícaro nunca volvió. Tiempo después, unos hombres hicieron una lista en broma y pusieron al rey entre los tontos. «¿Y si el hombre vuelve?», les preguntó el rey.El calendario de piedrasPara no perder la cuenta de los días del mes de ayuno, Nasrudín echaba una piedra cada día en una olla. Sin que él lo supiera, su hija echó un puñado de piedras dentro. Cuando le preguntaron qué día del mes era, Nasrudín fue a contar las piedras: ¡había ciento veinte! Para no parecer tonto, salió y dijo: «Hoy es el día cuarenta y cinco». «Pero, Mulá, el mes solo tiene treinta días».El turbante demasiado cortoNasrudín intentó enrollarse su turbante, pero la tela no le alcanzaba. Fastidiado, la llevó al mercado y la puso a subasta. Cuando alguien la compró, Nasrudín se le acercó en voz baja y le dijo:El juez y la oreja mordidaCuando Nasrudín fue juez, llegaron dos hombres. Uno decía: «Este me mordió la oreja». El otro: «Mentira, se la mordió él solo». Nasrudín pidió tiempo, se fue a un rincón y trató de morderse su propia oreja. No pudo, perdió el equilibrio, se cayó y se rompió la cabeza. Se vendó, volvió a su sitio y dictó sentencia:El negocio de los huevosNasrudín compraba huevos a nueve por moneda y luego los vendía a diez por moneda. Alguien le preguntó: «¿Por qué vendes diez por lo mismo que pagaste por nueve?».Un anillo para recordarteUn amigo le dijo a Nasrudín: «Dame un anillo, y cada vez que lo mire pensaré en ti». Nasrudín respondió:El carrete de fotosUn señor que nunca había tenido una cámara recibe una de regalo. Va a la tienda de fotografía y pide un rollo de película. El dependiente le pregunta: «¿Seis por nueve?».El pago en FerrariUn hombre va a un abogado: «Necesito que me defienda, pero no tengo ni un centavo». «¿Y entonces yo qué gano?». «Tengo un Ferrari nuevo; si gana el caso, es suyo». «Trato hecho. ¿De qué lo acusan?».
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